miércoles, 4 de marzo de 2015

El objetivo inconsciente. Capítulo 5.




Capítulo 5. El Graznido de las ocas

El objetivo inconsciente.






©gloria giménez





El condimentar el hígado de las ocas es una de las tradiciones heredadas del viejo Egypto, que ya desde los tiempos de los faraones solían realizar mediante las matanzas de ocas y patos al iniciar las aguas altas del invierno.

En primavera y principio del verano todos los alados del Nilo voleteaban alrededor de toda la ribera en los campos de plantados y de allí solían ingerir todo el grano y cebada que les era posible, para mayor escarnio de los agricultores, cuyas mujeres movían sus  túnicas dando vueltas como en los bailes suffies para espantar tamaña ingesta de grano. Engrosaban las aves así sus hígados de firma instintiva para que les permitiera pasar el frío invierno.

En la maison Sehadín, nuestra casa libanesa, esta tradición se llevaba a cabo todos los atardeceres, después de la época de la caída de las hojas. El inicio del invierno era una buena época para preservar este manjar de los calores del verano. Los beteados con exquisitas mermeladas de higos y miel, eran mis preferidos. Aunque la elaboración en la cocina llevaba tanto ajetreo que a veces, no me dejaban fisgonear junto a mis amigas Samira y Lea; sin embargo, podíamos acompañar en la vistosa elección de las ocas.


En la compra, acudíamos al rebaño de Hayat, robusta de mejillas enrojecidas por los áridos contrastes del desierto, de origen beduino, solía ir acompañada de otras mujeres que compartían jaima, desierto y quizás marido, de espíritu nómada las mujeres beduinas gozan de libertades que otras mujeres musulmanas miran horrorizadas. Compran y venden sin la compañía de sus maridos y visten ropajes vistosos con pañuelos atados en la cabeza y cintura repletos con abalorios  de plata y monedas de latón dorado y plateado que tintinean con sus movimientos exagerados, a la vez que hacen chasquear su lengua con el paladar produciendo sonidos de llamada para que la gente acuda a su parada instalada sobre el suelo del mercado, amontonado de jaulas de madera con patos, ocas, alguna que otra cabra, leche fermentada y buen queso de cabra.

Abuela siempre prefería las ocas, por ser estas de más delicado sabor, aunque el precio es mayor, pero comprando al mejor postor y con el buen regateo, abuela y Má siempre ganaban y se llevaban la mejor de las jaulas.

Acudíamos al mercado porteadas mis amigas y yo por la carretilla de Omar, saltando nuestros cuerpos al trotar de las piernas de Omar, para después de la compra reemplazarnos por la compra de ocas. Omar, en su retorno a casa, torneaba la carreta de lado a lado del camino de tierra que nos llevaba a casa, produciendo el alboroto de las enjauladas ocas que graznaban estridentemente como prediciendo al futuro degüello.





La "past de figue". 1

Al llegar a casa alimentábamos con higos en un fondo de miel y trigo amasado con agua caliente que Má echaba con su gran cacerola sacada del fuego de leña ardiente sobre el barreño.  Las niñas removíamos sin cesar la espesa masa cuya resistencia al voltearla era nuestro examen de crecimiento y fortaleza anual.

El olor característico del amasado se sublimaba en la posterior cocción, una vez finalizado el ritual de la alimentación,  durante dos o tres semanas y así producir "la paste de figue" de color rosado y de sabor excelente con su beteado de dulce mermelada. Después separaban la carne de oca de sus huesos y bien atada y rellenada,  la guisaban con sirope de granada y peras.

El graznido de las ocas, la noche anterior de la matanza, era de tal estridencia que no podíamos conciliar el sueño y en todos los hogares, las familias se solían acostar al alba. 

Nuestro gran comedor era de nuevo el punto de reunión. Las familias de Samira y también de Lea, se unían a nosotros, 

Las historias terminaban el último de los días, cuando Má hacía callar para siempre el graznido de las ocas, al alba.

Quizás las tertulias de esas noches intentaban ahogar la angustia que nos producía un graznar desesperado, las tradiciones justifican en ocasiones muchas necesidades del alma. Quizás por eso, dos días más tarde, se iniciaba la entrada a las escuelas. 

El ritual de la matanza y cocción de las ocas y la past de figue nos separaba el disfrutar del verano con el inicio de las etapas oscuras del invierno. El inicio de la escuela coincidía cuando el sol se ponía antes de media tarde. En mi Oriente las noches de invierno son tempranas y alargan las horas encerradas en cocinas y salas. Los hombres fuman la sissha mientras hablan, aunque abuela en la cocina tambien fumaba, ese tabaco tan perfumado de sésamo y manzanas.

Al amanecer y después del tazón de leche de cabra moteado de crujientes de canela, nos preparamos madre y yo para recorrer el camino a l'ecole. Pá sacó de nuevo su caja destelleante para inmortalizar mi uniforme.
Después y por fin Asma, mi madre se puso su bonito traje de color yema y florecillas de color gris con sus perlas repiqueteantes, para acompañar mi nueva experiencia.
Recorrimos el camino juntas, eguidas por padre y abuela. Era un gran acontecimiento mi entrada en la escuela . Prietas las manos de madre y mia y en la otra, también prieta y tensa mi pequeña maletita de cartón, llegamos al gran portalón de pesada madera y hierro, golpeamos con el eslabón, madre apretaba fuertemente mi mano, con miedo a soltarme, quizás sintiendo mis latidos y deseos de salir huyendo !Por favor! ¡sacarme de esta jaula! pensé al soltarme de la mano y cerrar el portalón tras ella y quedarme allí sola, con los graznidos de las que me parecían ocas aladas.


Dándonos paso a la explanada dirigida por una monja vestida de negro con su almidonado y curvado cubrecabeza de enorme tamaño que se balanceaba voleteando con sus andares a modo de gran visir de los rituales, me situó entremezclada en el gran patio donde se hallaban todas las monjas francesas, maestras y novicias de hábitos blancos, hablando entre ellas, alumnas de edades como la mía de cinco años, hasta edades ya casi casaderas, produciendo un gran algarabío.



-"Laçur Sehadín", mi nombre citado con voz potente, casi masculina, me volvió a la realidad y ya consciente de la situación, me dispusieron en la larga cola por estaturas junto a las pequeñas estudiantes como yo, con el mismo traje de lanilla oscuro y el cuello duramente almidonado alrededor del cuello, que nos mantenía la cabeza erguida.


Repartidas ya en grandes mesas que al levantar su sobre, podíamos poner en ella nuestra carterita de cartón, plumas, cuadernos y lápices. Allí estaba encajonada nuestra única individualidad. Alli terminaba Laçur Sehadín, de la maison Sehadín y allí comenzaban  el moldeado sumiso de los juegos libres.

Así empecé aquel inicio de otoño, a la caída de las hojas, lo que para mí fue ya un camino iniciado de luces y sombras, graznidos y silencios, muchas matanzas de ocas, mañanas de gorriones en mis despertares, pero al fin, ese fue mi primer contacto con la escuela, la de las monjas francesas.











©Gloria Giménez, para textos y fotografías




Nota: esta es la ultima entrada por capítulos de "el Objetivo inconsciente" ©Gloria Giménez, hasta la publicación obra completa. Gracias por vuestras 200 lecturas diarias. Gloria Giménez marzo 2015, Barcelona





sábado, 21 de febrero de 2015

El objetivo Inconsciente. Capítulo 4. Ritual de iniciación.



Capítulo 4.  Ritual de iniciación
el objetivo inconsciente

©Gloria Giménez, 2001









Aquella primavera antes de mis cinco años. estaba descubriendo otros mundos que abrían las puertas de mi cotidianidad. 

Mis padres decidieron que mi entrada a la escuela debía ir precedida de una cierta independencia y desvinculación de mis facetas seguras, arropadas y predecibles hasta aquel momento, ya que los rituales que nos acompañaban en el día a día dentro de una familia de tradiciones, en las que nos entremezclábamos de todas las culturas con las que convivíamos, iba a la vez acompañada de un submundo privado en cada una de las casas, con sus historias, sus tradiciones, rituales y todos los secretos transmitidos por sus antepasados. Sin embargo, celebrábamos con nuestros vecinos sus fiestas y ellos estaban y celebraban también las nuestras la familia de Samira junto a otras familias que tenían sus viviendas a pocas calles de la nuestra y que compartían el té de Má en el comercio de abuela, también mi amiga Lea y Anna, hijas del rabino Lozer y su esposa Lotte que compartían pláticas con mis padres y abuela y que en ocasiones habían compartido el viaje a la bella Estambul, donde la familia de Lea, se reencuentra con familiares queridos que emigraron en otras décadas. 

Anna es la mayor de las dos hermanas, de cabello muy rubio y grandes ojos azules, voluptuosas redondeces y sensuales andares contoneantes que para mayor tribulación, consternación y suplicio de su padre, evitaba moderar. Le gustaba ser siempre a la que todos admiraban, por llamar la atención en sus destacadas diferencias de sus cabellos y miradas y si por si esto fuera poco se contoneaba. Lea, por el contrario era delgada, muy delgada, de piel blanca y cabellos oscuros, sin embargo tenía también el azul en su mirada.

La entrada en la escuela supondría romper muchas de estas convivencias, ya que mi escolaridad con las monjas francesas separaría por primera vez a las personas que formaban parte de mi vida por sus creencias religiosas. Eso sí diferenciaba a las diversas culturas en convivencia. No entendí porque podíamos jugar en la cocina de Má, estudiar música en casa de Said, trenzar con agujas el hilo de seda junto a la madre de Lea, pero no podíamos estudiar juntas. Las lágrimas corrían por nuestros ojos mientras comíamos los dulces de almendra y azúcar hilachado junto al té y las historias de Má.



Se acabaron las historias de Má al acostarme y a partir de aquel momento mi habitación se haría independiente, pasando a una cercana de padres y al lado de la de abuela. Aquella luminosa y soleada mañana, se abrieron las ventanas de la habitación que daba al patio interior de granados. Los pájaros solían posarse sobre ellos para picotear sus frutos, los graznidos de las garzas y los cientos de gorriones que hambrientos acompañaban con trinos el alimento de su llegada y que a partir de ahora serían la llamada que escucharía cada mañana.

Una pequeña mesa que incluía un cajón con llave predeterminaba mi habitación y sobre ella una pequeña maletita de cartón, cerrada por dos cierres plateados que al levantar la hebilla y soltarla, con un seco chasquido, sobre ellos quedaba herméticamente cerrada, dentro una libreta, una pequeña caja alargada con dos lápices y un sacapuntas metálico de difícil manejo para mi precaria fuerza, pastillas de tinta secada sobre papel, tintero y la maravillosa pluma de acero labrado, regalo de abuela. Por fin podría escribir sobre un cuaderno, como el libro rojo de abuela.

Una cama de buena madera, con una placa pintada de flores en el cabezal, olía a madera fresca recién tallada, que encargada por abuela al carpintero acababan de entregar aquella misma mañana.

En el patio interior en la zona no arbolada, varias mujeres ataviadas con sus vestimentas hábilmente anudadas en sus tobillos, para no enredarse con ellos cuando se agachaban, bateaban del suelo la lana de cordero. Llevaban largos palos, refinados a navaja y redondeados de madera de chopo para que fueran más vibrantes al golpearlos -según las instrucciones de padre, informado de los bateos parisienses de cada primavera, emparejados con las chimeneas en lo alto de los boulevares- , para batear del suelo la lana de cordero y batearla y batearla hasta conseguir el resultado más esponjoso, como los hilos de azúcar blanca y con ello rellenar el colchón de algodón verde pistacho con flores doradas que mi abuela había elegido para mi nueva cama.

Estuve impaciente toda la mañana escuchando cataclac, cataclac, cataclac, las varas de madera bateando por el aire. El relleno de colchón lo realizaban las mujeres en cuchillas sobre el suelo repartiendo hasta el fondo la lana, mientras una de ellas, con una aguja muy larga enzarzaba unas cintas que acolchaban y repartían la lana de forma que esta jamás se apelmazara, sellando el acolchado con bellas lazadas rosadas, separadas en igual proporción. Finalmente fue ribeteado con una aguja curva y grueso cordel de algodón los cuadro lados, formando un rectángulo de dos caras "colchón a la inglesa" afirmó con satisfacción mi padre, poniéndolo sobre mi nueva cama y sobre el una mullida almohada de plumas blancas traídas de la panza de los patos que pueblan el viejo Nilo.

Aquella noche me hundí en la holgada cama y mi mullida almohada, la luz de la luna se reflejaba tras los cristales y así lentamente me dormí y solo el griterío de las grullas y pajaritos que picoteaban en nuestro patio lograron retornarme a la mañana.

Me sentí muy importante! en la pared, colgado estaba el vestido que llevaría a la escuela. Con pliegues amplios cosidos desde el cuello hasta los tobillos, formando una estructura rígida y aplanada que vislumbraba la negación de cualquier esbozo de futuro cuerpo de mujer y todo ello recogido en la cintura por un amplio cinto que sellaba la castidad del uniforme. El cuello muy rígido blanco, destacaba sobre el oscuro tejido de lanilla fina.

No podía ni imaginar todavía la aspereza y desagrabilidad de la lanilla sobre el cuerpo de niña, acalorado por las correrías del mediodía bajo el sol de Beiruth. Un guardapolvo de algodón fino de suaves líneas grises, preservaba la inmaculidad de los uniformes enmarcados por calcetines blancos y zapatos con suela muy gruesa, que recuerdo siempre me hicieron daño.

Los deseos de empezar la escuela podían con todo, que emoción tan grande! pero no entendí porqué mis padres y abuela no me acompañaban con la misma emoción, parecía como si una tristeza les invadiera, quizás por eso mi padre decidió terminar la primavera compartiendo conmigo su mundo oculto de materiales desconocidos para mi y todo su mundo de imágenes que la luz había sellado secretamente.

Tiempo después comprendí que aquellas experiencias que compartí con padre, sellaron el vínculo que nos uniría en la búsqueda de mis destino, sí, ese fue mi primer encuentro con la brújula que me indicaría los caminos en la arena que construirían el mapa de mi futuro.

No pensé que la arena la mueve el viento y que el destino desdibuja los caminos y redefine las fronteras, según los caprichos de unos dados movidos por la brújula del azar.









sábado, 14 de febrero de 2015

"El objetivo Inconsciente" Capítulo 3. El Descubrimiento.



Cap. 3  . EL DESCUBRIMIENTO

"El objetivo Inconsciente".



©GLORIA GIMÉNEZ, Damasco, 1997.



Albert Sehadín, mi padre, era un hombre moderno, esta es la frase que lo definía de la forma más rápida y precisa, o así al menos se lo hacía saber su madre, mi abuela, cada vez que llegaba con entusiasmo de sus viajes con múltiples y variadas aportaciones que integrar en nuestras vidas. Su energía y pasión ante la vida, doblaba con creces las carencias y limitaciones de las que mi madre me ofrecía en sus épocas grises y y abatidas.

De su baúl extraía, una a una todas las cosas que nos sorprendían, una de ellas era una revista llamada "La ilustración", donde veíamos imágenes de otros países y ciudades que nos embelesaban las miradas. Recuerdo una imagen de mujeres paseando por las calles de Estambul con trajes rígidos ajustados al cuerpo marcando su fina cintura y grandes sombreros con alas y tules que cubrían sus ojos. Me parecieron tan bellas, tan libres, tan serenas Algunas tenían parecido con las viajeras que de otros países compraban en el comercio de abuela. 

Pensé que de mayor quería ser como ellas. Quería pasear libre, como ellas, por las calles de ciudades como aquellas, Estambul, Budapest, Viena, París. Qué ciudades tan bellas.

Recuerdo que ya en edades muy tempranas las apariciones de mi padre por nuestras estancias, iban acompañadas de un destello de luz que siempre nos cegaba, tardábamos un tiempo hasta volver a ver con claridad incluso nuestras caras. Recuerdo como reíamos ante nuestra ceguera momentánea, jugando con los brazos extendidos a encontrarnos. Después mi padre desaparecía entre horas y días en un cuatro trasero de la planta baja, en la parte posterior de nuestro almacén.

Una espesa y pesada puerta de madera, cerrada con llave, guardaba un mundo oculto donde mi padre se encerraba.

Un día y después de su presencia acompañada del estallido cegador, me dijo "Laçur, hoy va a ser el inicio de tus aprendizajes antes de ir a la escuela", me cogió de la mano para llevarme con él a sus estancia misteriosa y oculta. Mi corazón empezó a palpitar fuertemente y lo sentí batear sobre mis sienes mientras una sudación muy fria cubría mi cara. Los pensamientos se agolpaban era la primera vez que podía ir sola con padre, sin abuela, sin Má a un lugar tan secreto y especial. Por fin iba a aprender, quería sentir con todas mis fuerzas esos momentos ni siquiera superados por los atardeceres llenos de brillos de las sedas.

Volteó por dos veces la gruesa llave en la cerradura y la puerta cedió abriéndose lentamente, la luz oscura y umbrosa del exterior golpeó sobre mil cristales depositados sobre estantes, una luz azulada reflectan chispeaba por todas partes, cómo la gran lámpara del salón de abuela cuando el sol estalla sobre las lágrimas talladas de cristal y desprende cientos de luciérnagas sobre las paredes.

¡Es azul! ¡es azul! no pude dejar de repetir esa palabra al sentirme en ese lugar invadida por la emoción de mis cinco años de todas las experiencias que mi vista me aportaba, de las luces proyectadas, de ese color que solo la noche y el mar, bajo la luna iluminada pueden proyectar. Todo de un azul intenso y brillaba, brillaba y daba vueltas por toda la oscura estancia con un olor profundo y peculiar que me ahogaba.

Cuando abrí de nuevo los ojos estaba en los brazos de abuela, con paños de algodón mojados en agua fresca en mi frente y tobillos. La emoción debilitó mis sentidos. Esa fue la primera vez que recuerdo sentí como las emociones podían romper mi frágil equilibrio con la vida. No obstante, no tuve miedo y quise volver, enfrentarme de nuevo y esta vez, con padre, abuela y Má descendimos la escalera y entramos en la estancia.


Entre calmada y segura y con toda la intensidad puesta en la mirada pude, por fin, ver los misterios de la oscuridad azulada que no eran otros que los cristales depositados en estantes con imágenes traslúcidas que no me eran del todo desconocidas. Padre rompió el secreto avanzándose a los juegos adivinatorios y evitando la ansiedad emocional que de todo ello se derivaba "este es el resultado Laçur de los destellos que tantas veces os he arrebatado, a ti, a madre, a abuela, a Má son placas de cristal donde estáis proyectadas en imágenes, todas las que os he tomado" "mira allí tienes la copia  podemos copiar las imágenes tomadas""y a todo este proceso se le llama fotografía, recuerdas la imagen de los bisabuelos en el gran salón de abuela?". Sí, sobre una mesa plana estaban nuestras imágenes solas o agrupadas desde que yo era muy pequeña, allí estábamos todos, incluso mi padre muy recto, detrás de mi madre sentada en una silla, los dos con su aspecto tan elegante, que me recordaban a las personas de La ilustración paseando por las calles de Viena, París o Estambul. aunque ellas estaban dibujadas.

En el suelo de la estancia oscura, la maleta de cuero que padre siempre llevaba a su espaldas en los viajes y en ella, su cámara fotográfica, sus negativos y sus útiles de retrato.

En el cuarto oscuro, Albert, mi padre, escondía el producto mágico de la modernidad, que estampaba día a día las historias de su vida, que por entonces, también era la mía. Allí oculto de las miradas retrógradas y asustadizas de la ignorancia de nuestra sociedad en la que cualquier novedad podía vivirse con extrañeza, miedo y peligrosidad.

Al ver aquellas placas de cristal, pensé que por algún motivo las soledades me quitaron las palabras y desde entonces siempre preferí estar callada, por algún motivo sentí las luces proyectadas en todas las miradas, los brillos y matices de las luces sobre las estancias. Por fin todo cobraba sentido, las luces las sombras, los colores, las emociones, todo por fin se proyectaba mas allá de la mirada.

Qué bellas cosas nos quitan las palabras.






©® Gloria Giménez para fotografías, texto, capítulo y novela completa









sábado, 7 de febrero de 2015

El objetivo inconsciente. Capítulo 2. Laçur Sehadin


Capítulo 2.

"el Objetivo Inconsciente"


Laçur Sehadín.





Los primeros años de mi vida transcurrieron entre el regazo de mi abuela, los brazos de mi ama y el tocador y los espejos de mi madre. Me gustaba entremezclarme junto a sus amigas y entre sus risas con sus adornos y collares.

Me gustaba ver a mi madre como reía y como recogía sus cabellos alzados sobre la cabeza, finalizando con un moño redondo que hábilmente sujetaba con unas horquillas negras. Yo le sujetaba las horquillas y ella iba diciendo -"otra..otra..otra..."-. Un gran collar de perlas, de varias vueltas,  solía adornar su cuello en alto y varias de ellas caían ondulantes sobre su pecho, anticipando éstas su llegada con el sutil repiqueteo.

Sus trajes de sedas floreadas y casi siempre de minúsculos estampados y de sobrios y apaleados colores, llegaban casi rozando el suelo enmarcando sus zapatos levemente alzados, sus ojos pardos grandes y almendrados, sorteados de inmensas pestañas negras, transmitían una mirada inquietante y casi siempre, poco serena.

Cuando mi padre pasaba largas estancias lejos de casa, mi madre se sumía en tristezas infinitas, no recuerdo si quizás éstas precedían los viajes. La inquietud desasosegada de mi madre generaba revuelo en toda la casa: recuerdo a mi abuela alejarme de mi madre cuando gritaba desaforada, y abuela me decía: déjala, déjala, Laçur, vayamos a las cocinas con Má- Tardé mucho tiempo en entender porqué mi madre dejaba de ponerse collares y su cabello se desvanecía sobre las almohadas y de nada servía que yo le llevase alfileres y collares. No quería verse en los espejos. Replegada sobre su propia melancolía a todos nos abandonaba, quedando prieta en su imaginaria jaula. Tendida, rota, con su belleza despeinada y su piel blanca hundida en las almohadas.

Abuela entraba en su habitación, llevándole reprensores tazones de caldos vegetales que nuestra querida Má preparaba para ella, solían ponerle una yema muy amarilla de los corrales de algunas de nuestras vecinas.

Pasado un tiempo, quizás meses, de pronto, la casa se iluminaba, las ventanas se abrían y de nuevo mi madre bailaba, cantaba, se reía, se peinaba y me amaba, con su moño alzado, con sus alfileres y de nuevo, el resplandor de su mirada, esa que tanto enamoraba a mi padre.

Los tiempos grises en los que me quedaba aislada de mi madre, aprendí a estar muy, muy callada y a obtener todo a través de la mirada. Aprendí a interpretar las palabras que nos producen las luces y las sombras, aprendí a ver los colores en las trasparencias de las ventanas, aprendí a buscar con la mirada todo lo bello que podía llenar mi frágil alma.



2.1

La Maison Sehadín. 

Pasado el mediodía bajaba con abuela al comercio, ella se sentaba esperando la llegada de sus vecinas  amigas y esperaban con avidez a las  compradoras viajeras de paso por nuestra ciudad, que habiéndoles llegado noticias de la calidad de sus sedas, no dudaban en pasar por "la maison Sehadín".

Me gustaba jugar con las niñas que venían acompañando a sus madres a platicar en el comercio de abuela, mientras nuestros dependientes agolpaban sobre los tableros de cristal las piezas de tela, entonces ellas, señalaban las piezas con el dedo índice que a modo de gran biblioteca de sedas se clasificaban ordenadamente por calidades y colores en sendas estanterías de cedro. A medida que señalaban la pieza Fatih -el fiel empleado de mi abuela que iba envejeciendo entre las telas- cruzaba la mirada con ella y ella bajaba los párpados asintiendo la orden veloz de romper el equilibrio de las piezas colocándolas una a una sobre la mesa, golpeando sonoramente al desplegarlas y soltar uno o dos largos de tela.

Este ritual se repetía hasta llenar todo el gastado mostrador de cristal y madera. era una litúrgia muy bella la elección de las telas. No me cansaba de observar atardecer tras atardecer los reflejos de la luz sobre las tonalidades de la seda, de como se deslizaban sobre el cristal y la madera y cómo cambiaban  de color según como manejaban la pieza.

Después cortaban las medidas y tras envolverlas en papel de seda, abuela abría un gran libro de gruesas tapas de rojo oscurecido, con las punteras rematadas en labrado de plata, una larga cinta también roja servía de frontera entre una venta y otra. entonces, abría el tintero y con su pluma escribía, una vez untada la punta dorada, con trazo lento y letra muy bella "seda damascena dorada, azul y verde, bordada. Tres largadas 12 libras".


Entonces Hadiya compradora de la tela, madre de mi amiga Samira entregaba 10 libras a abuela y decía -"el próximo día amiga Yamilah"- que así era el nombre de abuela. Ellas se entendían, la perfecta excusa para siempre tener la tienda llena, observar las novedades de las viajeras, sus indumentarias y mil historias humanas de las recién llegadas, platicar después tranquilamente sobre ellas y las modernizados que proporcionaban desde la otra orilla mediterránea, mientras Omar, el pequeño dependiente que no alcanzaba más de diez centímetro más allá de mi cabeza, subía corriendo a la cocina de Má y traía sobre una bandeja de metal labrada unos pequeños vasos de cristal floreado, llenos de caliente té con canela. el azucarero de plata rebosante de azúcar blanca, pronto quedaba horadado por las heridas de la cuchara que no dejaban de avanzar hasta el fondo de la plata y que al repicar de la cuchara, nos avisaba y sabíamos ya que la velada estaba finalizada.



2.2.

Cuantas cosas se pierden con la palabra!

Hadiya  Bilal madre de mi amiga Samira, casada con Said Bilal, músico de instrumentos de cuerda, desde la cítara hasta los laudes de cinco cuerdas, no se le resistía ninguno de los instrumentos. Era el padre de Samira, Said, un hombre admirado en mi familia, formaba parte de la Orquesta Nacional y por ello mi abuela me permitía ir a su casa para tomar clases de laúd junto a Samira. De religión musulmana, la familia Bilal solían llevar cubierto el cabello con un pañuelo blanco cuyo tejido compraban en el comercio de abuela, aunque Said, iba coronado por un leve gorro tejido de ganchillo de hilo fino blanco, que encajaba justo encima de sus orejas, el contraste con el blanco de sus dientes, potenciaba su tez oscura, cuando sonreía dejaba entrever una gran hilera de grandes dientes resplandecientes que competían con el blanco de su taqiyah. Como era la costumbre en los hombres también usaba, como mi padre, un ancho y grueso bigote.

Nunca conseguí manejarme con las cuerdas del laúd, de gran peso para mi ligera fragilidad y el esfuerzo de sujetarlo descentraba mis notas para cuando las creía aprendidas. Al día siguiente volvía a olvidarlas, ya que para mí era un nuevo día, un nuevo sol y nuevas luces que observar. Samaria por el contrario, tenía gran habilidad y ya había aprendido bellas canciones acompañando a sus padres.

Mis preferencias eran sobre el gran libro rojo de abuela, que apenas podía abrir, ya que su tamaño y peso superaba con creces mis oportunidades de descubrir lo que albergaba a los cien años de comerciar con los navegantes que llegaban al puerto de nuestra ciudad. Ver aquellas maravillosas palabras escritas sobre papel con aquel azul de mar tintado o el rojo sanguina perfilado y acabado con caracteres que semejaban plumas de aves acaracoladas y domesticadas por la plumilla, con números que mágicamente sumados daban unas cantidades como resultados, esa y no otra era entonces mi preferencia.

Mis cinco años estaban ya próximos y ellos me llevarían a la escuela, al finalizar la primavera.












lunes, 2 de febrero de 2015

EL OBJETIVO INCONSCIENTE. Capítulo 1. Azul.




CAPÍTULO 1. 
 "El objetivo inconsciente"



PUBLICACIÓN NOVELA HASTA EL CAPÍTULO SEXTO.
AZUL
¡Una niña azul! ¡una niña azul!, 

las voces empezaron a correr por el patio interior de vecinos. 
Las mujeres a modo de mensajeras divulgaban la noticia "tenemos una niña azul", de pronto, acallando las voces, se oyó el llanto de un recién nacido. todas las mujeres se agolparon en el rellano para subir hasta el segundo piso donde la parturienta acababa de dar a luz. Sí, era una niña azul.

Así se les llamaba a los recién nacidos que llevaban alrededor de su cuello el cordón umbilical que presionando les impedía recibir el halo de vida del que eran propietarios. Cuando la matrona sacó a la niña del vientre de su madre y la sostuvo en sus brazos, temió por su vida, ya que los "bebés azules" no solían sobrevivir y si lo hacían podían quedar señalados para toda su vida.

Sí, no era fácil la vida para una niña azul.

Pero sí, allí estaba, la niña azul, luchando por la vida, cogiendo aire con todas las fuerzas hasta romper en llanto desgarrador que hizo estremecer a todas las mujeres que subían apretujadas por la escalera como una gran masa en duelo. El aire reparador estalló dentro de sus pulmones dando sentido a todo el frágil organismo.

Así fue mi llegada a la vida, cantada en noches de luna sobre la alfombra del salón de mi abuela, una y otra vez.

Todas las mujeres que rodeaban a mi madre vestían de negro y mis primeros escarceos en la vida se resolvieron en mapas de caminos negros.

Recuerdo a mi madre como alguien siempre presente pero definitivamente ausente, formaba parte con sus frágiles movimientos de la luz que entraba en casa.

Fui amamantada por la misma mujer que ayudó a la matrona que atendió a mi madre en el parto, también vestida de negro y dedicada a estos menesteres. Mi madre aquejada por grandes y espesas fiebres producidas en mi alumbramiento, justificaron su rechazo a la que ya y para siempre llamaría Azul.

Mi nodriza me amamantó hasta los dos años como era tradición de las amas -en casa la llamábamos Má- junto con mi abuela dirigieron mi alimentación y cuidados hasta la edad de la entrada en la escuela, que fue a los cinco años.

Azul...me gustó el nombre que eligió mi madre. No lo eligió por bello, sino porque me identificaba para toda la vida con su dolor en mi nacimiento, y aunque con mi lucha por la vida con su dolor en mi nacimiento, y aunque con mi lucha por nacer volvió el tenue color sobre mi piel blanquecino y rosado como el color de las rosas damascenas que contenía el jarrón de mi abuela, aún así mi nombre me fue impuesto, pero a mi siempre me pareció bello.

Hasta dos meses más tarde no conocí a mi padre. Llegaba de un largo viaje del que partió hacía ya varios meses. Mi padre era un hombre alto y delgado, con un fino y largo bigote que le cruzaba la cara y que le hacía parecer siempre elegante, enmarcando unos labios rasgados que dejaban ver una larga hilera de dientes blancos, era alegre y solía hacer reír a madre y abuela, hasta llegar a la carcajada. Su traje color chocolate de raya diplomática negra que adquirió durante su viaje en su ciudad de destino, París.

Llego a casa precedido de un gran baúl que nos trajeron los porteadores de la naviera. Su baúl siempre predecía su marcha, casi de su misma altura y sellado con grandes cierres metálicos acompañados de cerrojos y llaves para guardar los secretos de nuestras mercaderías.

Nuestra casa heredada de nuestra abuela paterna -la cual vivía con nosotros- estaba precedida en la planta baja por un almacén de venta al público de las mejores sedas de todo Oriente, que mi padre se ocupaba de seleccionar en sus viajes, siguiendo la vieja tradición fenicia de la que éramos herederos desde generaciones y que ya nuestra memoria había borrado. Así, nuestra familia comerciantes de finas sedas y damascos, anticipábamos el ir i venir de los tiempos.  Abuela, viuda desde la adolescencia de mi padre, era la heredera de nuestra tradición de comerciantes y por tanto fue regentado por ella durante años, hasta la mayoría de edad de mi padre. 

Mi padre, hombre culto y refinado, ya que no en vano, había sido educado por abuela, mujer sensible que adoraba los colores de las telas, los hilos de oro y plata, la seda sobre seda, seda sobre algodón, flores labradas sobre telares de damasco, brocados dorados y plateados, educando a su hijo con la sensibilidad que emana de nuestra tradición y es muestra de ello nuestra ciudad mezcla de tradición oriental y la nueva modernidad de los europeos que bajaban de sus barcos con miles de pensamientos que entremezclar con los nuestros.

La seducción que los viajeros  ejercieron sobre mi abuela, le llevaron a elegir para su único hijo un nombre de origen francés Albert, Albert Sehadín; de la maison de Madame Sehadín, como llamaban al comercio de abuela, que con su marcada personalidad había sellado de nuevo el cartel que precedía a la entrada.

Mi padre llegó acompañado de un maletín de cuero que colgaba de su espalda y que depositó sobre la mesa de comedor heredada de su bisabuela, incrustada de ricas pedrerías y mármoles típicos de la tradición otomana. El comedor de la bisabuela estaba regentado por una fotografía sobria del día de la boda de los abuelos ocupando la sombra en la pared que había generado el marco de una antigua pintura tradicional, solo lo utilizábamos en grandes fiestas familiares.

Las damas negras de nuestro barrio, ataviadas de sus austeros trajes que ocultaban sus figuras, pedían casi siempre que iban a nuestro comercio, subir a ver la imagen de mis abuelos, ya que les parecía producto de algún hechizo, que no podía augurar nada bueno, la proyección de una realidad tan precisa.

Mis abuelos, viajeros y abiertos al conocimiento, no repararon ni en tiempo, ni en distancias, hasta obtener esa imagen tan preciada que ornamenta y guarda la imagen de su unión, inicio de nuestra saga.

Mi padre provenía de una culta familia cristiana libanesa que estaba fuertemente arraigada en las tradiciones Beirutenses,  nuestra ciudad y a la vez impregnados,  desde su niñez por el fuerte impacto de la cultura francesa dominante en nuestros territorios. 
Las noches de Beirut estaban bañadas por el glamour del Orientalismo reinante en una Europa decadente y enamorada de lo exótico. En una de esas noches de Casino conoció a través de unos amigos a mi madre, Asma.

De cabello negro azabache, piel blanca y delicada y de grandes ojos pardos, había algo de animal en ella, una fuerza erótica que enamoró a mi padre al instante. Mi madre siempre ocultó sus orígenes, pero eso a mi padre no le importó. Yo solo fui una consecuencia de esa pasión.

Mi padre me conoció ese día, al regreso de su viaje. Recogiéndome de la manta sobre la que yo estaba echada, me besó en la frente y dijo con cariño "Hola Laçur" y así aceptó mi nombre, ya que así se denomina el azul profundo en árabe, después él y mi madre se encerraron en la habitación de la que no salieron hasta casi llegado el atardecer.


Nunca tuve ninguna duda de lo que mis padres se amaban. Por las noches oía sus pláticas durante horas y sus risas cómplices a las que en ocasiones se añadía abuela. Yo me adormecía escuchando sus voces y entre sueños, se agolpaban las palabras que resbalando suavemente sobre los labios de mi madre oía... Albert!...Albert!....riéndose después feliz y llena con las historias de mi padre.


Así fue mi entrada en la familia: 
                                                   "la niña azul" de la maison Sehadín.





© Gloria Giménez para texto y fotografía







lunes, 26 de enero de 2015

EL OBJETIVO INCONSCIENTE. Novela en capítulos ©Gloria Giménez 2014 para texto e imágenes en todas las entradas





El objetivo inconsciente. Un viaje emocional a través de la mirada.






© Gloria Giménez para textos y fotografías
Los textos y fotografías de esta novela “el objetivo inconsciente” son propiedad de la autora y están protegidos por la sociedad de autores y artistas plásticos VEGAP, así como inscrita y registrada la novela en la sociedad de autores. Barcelona, 2014.


PRÓLOGO.


Un viaje emocional a través de la mirada, subtítulo de "el objetivo inconsciente" define el contenido de esta novela.

El personaje principal, Azul nació como protagonista de esta novela hace ya más de 20 años, aunque la gestación de su estructura no ha llegado a término hasta inicios de 2014, en la que todo tomó vida después de un largo peregrinaje por su historia personal.

El mediterráneo allá en la otra orilla de mi Barcelona natal, es el origen de la historia. Oriente Próximo, el nacimiento de la fotografía, el nacimiento del psicoanálisis, Líbano, Damasco, Estambul, Budapest, Viena, París y Barcelona, llevan a la protagonista a transportar sus experiencias emocionales en el baúl heredado de su padre que la acompaña.

Su mirada modifica y sublima muchas de sus emociones que debido a su peculiar modo de interpretarlas, le dificulta la comprensión de su entorno. Descubrirá ya desde su infancia que a través del visor fotográfico le ayudará a expresar sus emociones y así darles un lenguaje intenso y emocional para poder expresarlo a su entorno. Su lenguaje visual modifica y amplia sus palabras.

El nacimiento de la fotografía junto al nacimiento del psicoanálisis,  la psicología emparentada por un matrimonio por amor con la filosofía y generadoras ambas de corrientes humanistas y existencialistas, evolucionan paralelas junto a la vida de la protagonista.

Azul marca su línea existencial a través de la fotografía, escribirá su pasado, vivirá su presente y augurará su futuro. 

Seguir la línea de vida de Azul, ha sido para mí la mayor de las experiencias, convivir con Azul trasladando los encuentros y viajes en las primeras décadas de 1900, época de cambios en Europa y en Oriente Próximo, políticos, culturales y artísticos. Cambios de los que Azul no es ajena, evoluciona con ellos y las circunstancias que los acompañan. 

La lucha por encontrar como mujer un lugar en el mundo que le toca vivir le lleva a utilizar como sistema defensivo su cámara fotográfica, donde detrás de ella se siente preservada de un mundo difícil y hostil, donde lo femenino queda oculto y le permite huir  hacia fronteras abiertas. 

El objetivo de la cámara de Azul traduce su inconsciente, interpreta su presente y lo elabora de forma existencial.


Llevo años como autora compartiendo viajes y sentimientos con Azul, su verdad y su vida se trenzan con la mía no pudiendo en ocasiones discernir si es su verdad o la mía.

Los autores nos proyectamos en cada una de nuestras páginas escritas y esperamos siempre que eso les ocurra a nuestros lectores, por tanto os deseo a todos feliz lectura.


                                                    gloria giménez
                                                   Psicóloga Clínica y fotógrafa



© gloriagimenez para textos y fotografías 2014.









martes, 18 de noviembre de 2014

Síndrome de Rebeca



Quién es Rebeca? 


©Daphne de Maurier



La novela Rebeca, escrita por Daphne de Maurier, narra la vida de la segunda pareja de un viudo que su vida se ve atormentada por la presencia ideatoria de Rebeca, la anterior esposa de su marido, de la que  todos dicen, hablan, comentan de su gran belleza y aura que la rodeaba.

La novela fue tan exitosa que de ella se hizo una pelicula dirigida y adaptada por el genial Alfred Hitchcock, también por la radio fue adaptada por el no menos fabuloso Orson Welles.

Actualmente nuestra escritora de habla hispana Carmen Posadas, ha pasado a llamar a su novela directamente como "el síndrome de Rebeca: guia para conjurar fantasmas".







©gloriagiménez "Barcelona en silenci, una ciutat per la Pau," 2003



El espectro o fantasma de "la otra" planea sobre la relación actual, aunque bien podría ser perfectamente "el otro", es decir, dicho síndrome actualmente es aplicable al hombre, que puede ser perfectamente quien lo sufra. No confundir el síndrome "Rebeca" con "Otelo" muerto de celos imaginarios por los que lo llevan a matar y destruir al objeto amado, el síndrome de Rebeca se refleja en una persona "sufriente", insegura y de baja autoestima, incapaz de luchar con el fantasma de "la otra" o "el otro".

El síndrome clínico refiere a la aparición patológica de celos hacia una expareja de la pareja actual de quien lo sufre. Se considera patológico cuando este aparece "sin fundamentos firmes", por ejemplo si la pareja ha muerto o cuando afecta a la vida normal de la persona que lo sufre. 

Pero, porqué no hablamos no de quien lo sufre, sino de quién lo provoca? pueden algunas parejas escudarse en la idea de "Rebeca" para generar poca implicación en la pareja actual? ó quizás para buscar distanciamiento emocional? puede ser este un síndrome provocado por el otro? es quizás una forma oculta de maltrato psicológico?

Lo relevante de este concepto es seguir la pista a Daphne. Nacida en 1907, nieta del escritor y dibujante George de Maurier, hija del productor y actor Gerald de Maurier y la actriz Muriel Beaumont, de educación exquisita, fue una escritora británica famosa, no solo por su novela Rebeca que nos ocupa en esta entrada del blog, publicada en 1938, sino también "mi prima Raquel" y la famosa película "los pájaros" de Hitchock basada en sus relatos.

Lo más interesante de esta escritora es su preferencia para escribir relatos de mujeres traumatizadas o perversas, cuya insatisfacción trasciende a la propia muerte de la protagonista, son el caso de sus obras "el manzano", "el joven fotógrafo" historias de crueldad y ambientes de gran densidad emocional. 




Pionera de la literatura gótica fue marginada por el sexismo.

La definición de las personalidades a través de la literatura, es algo que saben hacer muy bien los escritores y novelistas. Es sorprendente como tienen la capacidad de definir comportamientos y conductas totalmente coherentes con el perfil de personalidad que los define en la novela.

En el caso de Daphne de Maurier como en el caso de muchisimos autores y muy especialmente en la época victoriana, donde se define el estilo represivo hacia la mujer en la época, marcada por la cultura y la sociedad sexista del momento, serían un ejemplo de ello.

En mis épocas de estudiante de doctorado en la Universidad de Barcelona, realice el doctorado sobre Psicoterapia Existencial, en el que tratábamos la vida de personajes y a la vez el estudio de la vida de autores, viendo la proyección de sus vidas sobre los personajes o sobre la obra en general. En la actualidad en mi práctica profesional, la lectura de autores, existencialistas o no, junto con el paciente, vinculando ejemplos que lo definen en la propia literatura, ello le ayuda siguiendo el hilo de vida conductor que lo lleva a resultados literarios, que pueden ser bellos literariamente, pero de gran problemática humana en nuestra sociedad y poco aplicables desde el punto de vista emocional, que los lleva a generar respuestas neuróticas. 

El sindrome de Rebeca es un ejemplo, así como en otra entrada de mi blog, en la que acuyo el concepto por primera vez de "sindrome de Madame Buterfly", o madame Crisantemo como nombró a su libro Pierre Lotti, autor de esta obra.

La literatura nos forma, nos enseña y nos sirve en la vida cotidiana. Muchos de mis estudiantes de Psicología y ya licenciados, deberian aplicarse en el manejo de las personalidades literarias, no solo los libros de clínica y de clasificaciones nos dirán la complejidad del ser humano.

Un buen psicoterapeuta siempre debe ir más allá en sus conocimientos.





©Gloria Giménez para textos y fotografías de ©












domingo, 13 de julio de 2014

Orientalismo o el porqué de las viajeras a Oriente, 2003-2008 Gloria Giménez






La ruta del Eufrates.


©Gloria Gimenez, eufrates 2005.


Durante muchos años estuve a "la caza" de un grupo de arqueología o por otros motivos de investigación que tuviera el interés de realizar la mítica Ruta del Eufrates, finalmente conseguí realizarla primero con un grupo privado de personas interesadas en el conocimientos de la zona norte de Síria, desde Alepo hasta la entrada a la mítica ciudad de Palmira siguiendo las riberas del Eufrates y posteriormente con un grupo dirigido por el  arqueólogo Felip Masó, conocedor de la zona y que ha realizado varias expediciones y estadas en yacimientos de la zona, formando parte de la historia de la arqueología mesopotámica del museo de Palmira, con algunos de sus hallazgos.




©Gloria Gimenez, eufrates 2005. Cartel en el camino a Mari, donde se localizan los yacimientos activos en siria.


Llegar a la mítica Mari, a 10 kms de la frontera con Irak y poder entrar en el yacimiento que iniciaron los exploradores franceses en 1843, cuando empezaron a salir a la luz las primeras esculturas del palacio del rey asirio Sargon II, eran el motivo de mi destino en aquel momento y poder plasmarlo fotográficamente mediante un reportage en blanco y negro analógico, emulando a los pioneros.





©Gloria Gimenez, eufrates 2005.
e©Gloria Gimenez, eufrates 2005, yacimiento Mari





































©Gloria Gimenez, Mari 2005.

©Gloria Gimenez, Mari 2005










©Gloria Gimenez,2005.Interior del yacimiento


El inicio de la fotografía como soporte de las investigaciones y de los nuevos hallazgos fue paralela en su avance con los descubrimientos, ya que hasta aquel momento todo era documentado mediante la técnica del dibujo o la acuarela  -David Roberts, 1796-1864-., pero no fué hasta principios del siglo XX con el avance tecnológico de la fotografía que se empezó a utilizar de forma intensiva en todas las exploraciones y viajes a Oriente Próximo.


Entre los años 1933-1938 y 1951-1954 existe un importante documento fotográfico de los aspectos de la vida cotidiana de los exploradores y arqueólogos, de su vida cotidiana, de su trabajo, de su equipo de los obreros que les ayudaban. en el valle del rio Eufrates, el equipo de arquólogos liderados por la Misión arqueológica francesa de Mari (Siria) (1), documentaron los orígenes de la civilización urbana. Jean Claude Margueron, director de los seguimientos arqueológicos en los últimos años de nuestra actualidad.

       Este era el destino de mi fotorreportage

(1). Pioners de lÁrqueología, Mari (Síria) 1933.1954, Museu d'Arqueología de Catalunya, Mission Archeologique de Mari, Barcelona 2002).


©Gloria Gimenez, eufrates 2005., arqueólogos y cuidador yacimiento











El Museo del Louvre a sido pionero en mostrar e inaugurar las primeras salas en Europa consagradas a las antiguas civilizaciones mesopotámicas. La historia del mundo siempre está cerca a los ríos fuente de vida, por tanto el Tigris i el Eufrates fueron la cuna de nuestra civilización, ya en el antiguo testamento se habla de los Asirios.







©Gloria Gimenez,autora fotorreportage, Ruta Eufrates 2005.










®© GLORIA GIMÉNEZ PARA TEXTOS Y FOTOGRAFÍAS.

martes, 22 de abril de 2014

la gran belleza ó el viaje a ninguna parte



La gran belleza ó la búsqueda de la obra de arte completa

El director Paolo Sorrentino nos seduce introduciéndonos en su película desde el inicio, Roma en una de sus grandes fiestas de la alta sociedad,  nos llega a través de sensaciones y olores. La decandencia de la vieja Europa deja caer su poso pasando por el tamiz de Roma.

El  protagonista Jep Gambardella, a sus vividos 65 años nos acompaña en el viaje a ninguna parte con su elegancia y seducción, sus ganas de seguir viviendo a través del viaje a ninguna parte. La fotografía de Luca Bigazzi, redondea un espectáculo fascinante de 142 minutos, a los que no me he podido resistir y he visualizado otras dos veces y he conservado junto a "la Dolce Vita", de Fellini.


Toni Servillo en el personaje de Jep Gambardella

Marcello Mastroiani en "La dolce Vita", es el referente de este personaje que ya lo ha visto todo, pero sigue buscando la belleza. En la búsqueda personal de mi imaginario conseguí el maravilloso libro de la 

fundation Jeröme seydoux -Pathé l´album "La dolce Vita" de Federico Fellini, 

todos los histogramas marcados a bolígrafo por el propio Fellini en el que el personaje de Marcello sigue las secuencias de la noche romana dejándose llevar por el viaje de la noche, este personaje dice tanto por lo que no dice que por lo que dice.

Pero en el fondo "la extraña belleza"  es la visualización fotograma a fotograma, del viaje a ninguna parte, pero un viaje al fín, donde cada uno de los viajeros puede interpretar la realidad de formas diferentes, igual que los viajeros que realizan un trayecto juntos pero ninguno equipara sus vivencias con el otro, pueden incluso fotografiar los mismos monumentos, pero realizan en el fondo viajes distintos, como los personajes de la gran fiesta romana.

Las vivencias sensuales y emocionales son lo que nos diferencian como personas, incluso el exceso en ellas puede generar respuestas exacerbadas definidas tanto desde la literatura como de las propias definiciones de la psicología, el viaje "excesivo" definido desde el mundo de la psiquiatría  como Síndrome de Stendhal (también denominado Síndrome de Florencia o "estrés del viajero" es una enfermedad que causa vértigo y confusión, elevado ritmo cardíaco, temblor, palpitaciones, depresiones y en ocasiones alucinaciones cuando la persona es expuesta a obras de arte, cuando éstas son especialmente bellas o están expuestas en gran número y en un mismo lugar. 
Se denomina así por la experiencia del propio autor Stendhal que lo experimentó en 1817: 
                
                "un viaje de Milán a Reggio":

......"Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme"...

(©) Gloria Giménez, 2012.Fiesta fin de año
Sí, la sensibilidad de algunas personas es permeable a la gran belleza y al experimentarla puede caer casi en el estupor, como le ocurre al turista japonés al inicio del film que nos ocupa, no pudo extraerse de la belleza. 
Al observar por su cámara la imágen concentrada cayó en éxtasis.




Sin embargo, los viajeros a "ninguna parte" pueden realizar viajes transversales sin que les cale ni una sola partícula de sensación, para ello, recurren a la absorción de drogas y tóxinas, y que podríamos incluir en ellas el "botox", cuya definición es:

"El Botox es un producto que paraliza los músculos: ideal para el tratamiento de las arrugas de expresión."



Sí es ideal el botox, podemos ya viajar a ninguna parte carentes no sólo de las sensaciones sino también de la expresión. 

Magnífica las imágenes del gran gurú de la toxina botulínica, inyectando en las caras de "los viajeros a ninguna parte" la dosis suficiente para poder seguir el viaje siempre con la misma cara, con la misma expresión, intemporales.


Pero permítanme que salve de esta hoguera  a Jep Gambardella, ya que su personaje se deja llevar en el tren de las fiestas, pero al igual que Mastroiani, es consciente de que allí no encontrará la gran belleza, pero sigue el viaje anotando en su piel multitud de miradas, sensaciones y sentimientos adquiriendo grosores y arrugas en su piel, depositando llantos y soledades en su alberca hasta rebosarla, contradiciéndose en los duelos dando cauce a sus lágrimas.

Su relación con mujeres sofisticadas de repetidas conversaciones,  contrasta con la tierna relación con la mujer de servicio con la que mantiene conversaciones surrealistas, que con la sabiduria que le otorga la tierra, la mujer le responde y le satisface con sus respuestas. La gran timadora, como el la denomina.



(©) Gloria Giménez, fiesta en desierto de
Palmira, 2001.

Las miradas de Jep Gambardella buscan la mirada de los otros protagonistas y en pocas ocasiones, son correspondidas. La gente en estas fiestas no se miran...solo se ven.....

"Roma me ha decepcionado" dice uno de los personajes, a la vez que hace desaparecer una gran jirafa, el desencanto ante imágenes tan bellas. Todo es inútil, ya son insensibles a las mayores y las más bellas extravagancias visuales.







La crisis creativa de Jep va unida a la decadencia de su mundo, solo es él al terminar la fiesta, de madrugada, por las calles de una Roma vacía, con el ruido de sus propios pasos, de las risas de los niños del convento y el agua de la fuente con la que enjuaga su cara y alisa sus cabellos. 

Atraviesa andando lentamente su Roma,  la Roma decadente, histórica, sonriente, triste, pero sobre todo Católica. Las referencias musicales a los cantos espirituales de las novicias y monjas de clausura nos remiten a la parte espiritual y existencial de Gambardella, su encuentro con los niños del convento no es fortuito, es su recorrido habitual. Su encuentro con el Cardenal y la monja misionera, y sus preguntas existenciales llenas de pudor al purpúreo representante del Vaticano...."desde el punto de vista espiritual..." y no obtiene ninguna respuesta, ése es Jep, un hombre que no consigue obtener respuestas...por eso viaja, viaja a ninguna parte en búsqueda de respuesta.




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(©) Gloria Giménez, salón deHonor,
Damasco, Síria, 2001

El viaje a ninguna parte de Jep oculta un destino profundo, el de encontrar la gran belleza y poder seguir con su obra literaria. Este viaje lo convierte en un hombre honesto, ya que prefiere este camino antes que realizar pactos con el diablo, como el Fausto de Goethe. Su opción es transitar por las noches romanas, transitar por las calles y las personas, pasar tardes en los cafés y en las hamacas de su ático, mientras observa a sus vecinos imposibles, esperando que aparezca la gran belleza de forma espontánea, buscando la obra de arte total, completa. Es un gran romántico.



(©) Gloria Giménez, Palace, Madrid, 2014

Sí, definitivamente La gran belleza, es el viaje a ninguna parte,


pero que gran viaje.












texto y fotografias © Gloria Giménez . (excepto la imágen del protagonista de la película)