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martes, 19 de abril de 2022

 





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                        Gloria Giménez       
                         Psicóloga Clínica.  
                         colegiado 1422.      
                         Photography Art.    

miércoles, 4 de marzo de 2015

El objetivo inconsciente. Capítulo 5.




Capítulo 5. El Graznido de las ocas

El objetivo inconsciente.






©gloria giménez





El condimentar el hígado de las ocas es una de las tradiciones heredadas del viejo Egypto, que ya desde los tiempos de los faraones solían realizar mediante las matanzas de ocas y patos al iniciar las aguas altas del invierno.

En primavera y principio del verano todos los alados del Nilo voleteaban alrededor de toda la ribera en los campos de plantados y de allí solían ingerir todo el grano y cebada que les era posible, para mayor escarnio de los agricultores, cuyas mujeres movían sus  túnicas dando vueltas como en los bailes suffies para espantar tamaña ingesta de grano. Engrosaban las aves así sus hígados de firma instintiva para que les permitiera pasar el frío invierno.

En la maison Sehadín, nuestra casa libanesa, esta tradición se llevaba a cabo todos los atardeceres, después de la época de la caída de las hojas. El inicio del invierno era una buena época para preservar este manjar de los calores del verano. Los beteados con exquisitas mermeladas de higos y miel, eran mis preferidos. Aunque la elaboración en la cocina llevaba tanto ajetreo que a veces, no me dejaban fisgonear junto a mis amigas Samira y Lea; sin embargo, podíamos acompañar en la vistosa elección de las ocas.


En la compra, acudíamos al rebaño de Hayat, robusta de mejillas enrojecidas por los áridos contrastes del desierto, de origen beduino, solía ir acompañada de otras mujeres que compartían jaima, desierto y quizás marido, de espíritu nómada las mujeres beduinas gozan de libertades que otras mujeres musulmanas miran horrorizadas. Compran y venden sin la compañía de sus maridos y visten ropajes vistosos con pañuelos atados en la cabeza y cintura repletos con abalorios  de plata y monedas de latón dorado y plateado que tintinean con sus movimientos exagerados, a la vez que hacen chasquear su lengua con el paladar produciendo sonidos de llamada para que la gente acuda a su parada instalada sobre el suelo del mercado, amontonado de jaulas de madera con patos, ocas, alguna que otra cabra, leche fermentada y buen queso de cabra.

Abuela siempre prefería las ocas, por ser estas de más delicado sabor, aunque el precio es mayor, pero comprando al mejor postor y con el buen regateo, abuela y Má siempre ganaban y se llevaban la mejor de las jaulas.

Acudíamos al mercado porteadas mis amigas y yo por la carretilla de Omar, saltando nuestros cuerpos al trotar de las piernas de Omar, para después de la compra reemplazarnos por la compra de ocas. Omar, en su retorno a casa, torneaba la carreta de lado a lado del camino de tierra que nos llevaba a casa, produciendo el alboroto de las enjauladas ocas que graznaban estridentemente como prediciendo al futuro degüello.





La "past de figue". 1

Al llegar a casa alimentábamos con higos en un fondo de miel y trigo amasado con agua caliente que Má echaba con su gran cacerola sacada del fuego de leña ardiente sobre el barreño.  Las niñas removíamos sin cesar la espesa masa cuya resistencia al voltearla era nuestro examen de crecimiento y fortaleza anual.

El olor característico del amasado se sublimaba en la posterior cocción, una vez finalizado el ritual de la alimentación,  durante dos o tres semanas y así producir "la paste de figue" de color rosado y de sabor excelente con su beteado de dulce mermelada. Después separaban la carne de oca de sus huesos y bien atada y rellenada,  la guisaban con sirope de granada y peras.

El graznido de las ocas, la noche anterior de la matanza, era de tal estridencia que no podíamos conciliar el sueño y en todos los hogares, las familias se solían acostar al alba. 

Nuestro gran comedor era de nuevo el punto de reunión. Las familias de Samira y también de Lea, se unían a nosotros, 

Las historias terminaban el último de los días, cuando Má hacía callar para siempre el graznido de las ocas, al alba.

Quizás las tertulias de esas noches intentaban ahogar la angustia que nos producía un graznar desesperado, las tradiciones justifican en ocasiones muchas necesidades del alma. Quizás por eso, dos días más tarde, se iniciaba la entrada a las escuelas. 

El ritual de la matanza y cocción de las ocas y la past de figue nos separaba el disfrutar del verano con el inicio de las etapas oscuras del invierno. El inicio de la escuela coincidía cuando el sol se ponía antes de media tarde. En mi Oriente las noches de invierno son tempranas y alargan las horas encerradas en cocinas y salas. Los hombres fuman la sissha mientras hablan, aunque abuela en la cocina tambien fumaba, ese tabaco tan perfumado de sésamo y manzanas.

Al amanecer y después del tazón de leche de cabra moteado de crujientes de canela, nos preparamos madre y yo para recorrer el camino a l'ecole. Pá sacó de nuevo su caja destelleante para inmortalizar mi uniforme.
Después y por fin Asma, mi madre se puso su bonito traje de color yema y florecillas de color gris con sus perlas repiqueteantes, para acompañar mi nueva experiencia.
Recorrimos el camino juntas, eguidas por padre y abuela. Era un gran acontecimiento mi entrada en la escuela . Prietas las manos de madre y mia y en la otra, también prieta y tensa mi pequeña maletita de cartón, llegamos al gran portalón de pesada madera y hierro, golpeamos con el eslabón, madre apretaba fuertemente mi mano, con miedo a soltarme, quizás sintiendo mis latidos y deseos de salir huyendo !Por favor! ¡sacarme de esta jaula! pensé al soltarme de la mano y cerrar el portalón tras ella y quedarme allí sola, con los graznidos de las que me parecían ocas aladas.


Dándonos paso a la explanada dirigida por una monja vestida de negro con su almidonado y curvado cubrecabeza de enorme tamaño que se balanceaba voleteando con sus andares a modo de gran visir de los rituales, me situó entremezclada en el gran patio donde se hallaban todas las monjas francesas, maestras y novicias de hábitos blancos, hablando entre ellas, alumnas de edades como la mía de cinco años, hasta edades ya casi casaderas, produciendo un gran algarabío.



-"Laçur Sehadín", mi nombre citado con voz potente, casi masculina, me volvió a la realidad y ya consciente de la situación, me dispusieron en la larga cola por estaturas junto a las pequeñas estudiantes como yo, con el mismo traje de lanilla oscuro y el cuello duramente almidonado alrededor del cuello, que nos mantenía la cabeza erguida.


Repartidas ya en grandes mesas que al levantar su sobre, podíamos poner en ella nuestra carterita de cartón, plumas, cuadernos y lápices. Allí estaba encajonada nuestra única individualidad. Alli terminaba Laçur Sehadín, de la maison Sehadín y allí comenzaban  el moldeado sumiso de los juegos libres.

Así empecé aquel inicio de otoño, a la caída de las hojas, lo que para mí fue ya un camino iniciado de luces y sombras, graznidos y silencios, muchas matanzas de ocas, mañanas de gorriones en mis despertares, pero al fin, ese fue mi primer contacto con la escuela, la de las monjas francesas.











©Gloria Giménez, para textos y fotografías




Nota: esta es la ultima entrada por capítulos de "el Objetivo inconsciente" ©Gloria Giménez, hasta la publicación obra completa. Gracias por vuestras 200 lecturas diarias. Gloria Giménez marzo 2015, Barcelona





sábado, 21 de febrero de 2015

El objetivo Inconsciente. Capítulo 4. Ritual de iniciación.



Capítulo 4.  Ritual de iniciación
el objetivo inconsciente

©Gloria Giménez, 2001









Aquella primavera antes de mis cinco años. estaba descubriendo otros mundos que abrían las puertas de mi cotidianidad. 

Mis padres decidieron que mi entrada a la escuela debía ir precedida de una cierta independencia y desvinculación de mis facetas seguras, arropadas y predecibles hasta aquel momento, ya que los rituales que nos acompañaban en el día a día dentro de una familia de tradiciones, en las que nos entremezclábamos de todas las culturas con las que convivíamos, iba a la vez acompañada de un submundo privado en cada una de las casas, con sus historias, sus tradiciones, rituales y todos los secretos transmitidos por sus antepasados. Sin embargo, celebrábamos con nuestros vecinos sus fiestas y ellos estaban y celebraban también las nuestras la familia de Samira junto a otras familias que tenían sus viviendas a pocas calles de la nuestra y que compartían el té de Má en el comercio de abuela, también mi amiga Lea y Anna, hijas del rabino Lozer y su esposa Lotte que compartían pláticas con mis padres y abuela y que en ocasiones habían compartido el viaje a la bella Estambul, donde la familia de Lea, se reencuentra con familiares queridos que emigraron en otras décadas. 

Anna es la mayor de las dos hermanas, de cabello muy rubio y grandes ojos azules, voluptuosas redondeces y sensuales andares contoneantes que para mayor tribulación, consternación y suplicio de su padre, evitaba moderar. Le gustaba ser siempre a la que todos admiraban, por llamar la atención en sus destacadas diferencias de sus cabellos y miradas y si por si esto fuera poco se contoneaba. Lea, por el contrario era delgada, muy delgada, de piel blanca y cabellos oscuros, sin embargo tenía también el azul en su mirada.

La entrada en la escuela supondría romper muchas de estas convivencias, ya que mi escolaridad con las monjas francesas separaría por primera vez a las personas que formaban parte de mi vida por sus creencias religiosas. Eso sí diferenciaba a las diversas culturas en convivencia. No entendí porque podíamos jugar en la cocina de Má, estudiar música en casa de Said, trenzar con agujas el hilo de seda junto a la madre de Lea, pero no podíamos estudiar juntas. Las lágrimas corrían por nuestros ojos mientras comíamos los dulces de almendra y azúcar hilachado junto al té y las historias de Má.



Se acabaron las historias de Má al acostarme y a partir de aquel momento mi habitación se haría independiente, pasando a una cercana de padres y al lado de la de abuela. Aquella luminosa y soleada mañana, se abrieron las ventanas de la habitación que daba al patio interior de granados. Los pájaros solían posarse sobre ellos para picotear sus frutos, los graznidos de las garzas y los cientos de gorriones que hambrientos acompañaban con trinos el alimento de su llegada y que a partir de ahora serían la llamada que escucharía cada mañana.

Una pequeña mesa que incluía un cajón con llave predeterminaba mi habitación y sobre ella una pequeña maletita de cartón, cerrada por dos cierres plateados que al levantar la hebilla y soltarla, con un seco chasquido, sobre ellos quedaba herméticamente cerrada, dentro una libreta, una pequeña caja alargada con dos lápices y un sacapuntas metálico de difícil manejo para mi precaria fuerza, pastillas de tinta secada sobre papel, tintero y la maravillosa pluma de acero labrado, regalo de abuela. Por fin podría escribir sobre un cuaderno, como el libro rojo de abuela.

Una cama de buena madera, con una placa pintada de flores en el cabezal, olía a madera fresca recién tallada, que encargada por abuela al carpintero acababan de entregar aquella misma mañana.

En el patio interior en la zona no arbolada, varias mujeres ataviadas con sus vestimentas hábilmente anudadas en sus tobillos, para no enredarse con ellos cuando se agachaban, bateaban del suelo la lana de cordero. Llevaban largos palos, refinados a navaja y redondeados de madera de chopo para que fueran más vibrantes al golpearlos -según las instrucciones de padre, informado de los bateos parisienses de cada primavera, emparejados con las chimeneas en lo alto de los boulevares- , para batear del suelo la lana de cordero y batearla y batearla hasta conseguir el resultado más esponjoso, como los hilos de azúcar blanca y con ello rellenar el colchón de algodón verde pistacho con flores doradas que mi abuela había elegido para mi nueva cama.

Estuve impaciente toda la mañana escuchando cataclac, cataclac, cataclac, las varas de madera bateando por el aire. El relleno de colchón lo realizaban las mujeres en cuchillas sobre el suelo repartiendo hasta el fondo la lana, mientras una de ellas, con una aguja muy larga enzarzaba unas cintas que acolchaban y repartían la lana de forma que esta jamás se apelmazara, sellando el acolchado con bellas lazadas rosadas, separadas en igual proporción. Finalmente fue ribeteado con una aguja curva y grueso cordel de algodón los cuadro lados, formando un rectángulo de dos caras "colchón a la inglesa" afirmó con satisfacción mi padre, poniéndolo sobre mi nueva cama y sobre el una mullida almohada de plumas blancas traídas de la panza de los patos que pueblan el viejo Nilo.

Aquella noche me hundí en la holgada cama y mi mullida almohada, la luz de la luna se reflejaba tras los cristales y así lentamente me dormí y solo el griterío de las grullas y pajaritos que picoteaban en nuestro patio lograron retornarme a la mañana.

Me sentí muy importante! en la pared, colgado estaba el vestido que llevaría a la escuela. Con pliegues amplios cosidos desde el cuello hasta los tobillos, formando una estructura rígida y aplanada que vislumbraba la negación de cualquier esbozo de futuro cuerpo de mujer y todo ello recogido en la cintura por un amplio cinto que sellaba la castidad del uniforme. El cuello muy rígido blanco, destacaba sobre el oscuro tejido de lanilla fina.

No podía ni imaginar todavía la aspereza y desagrabilidad de la lanilla sobre el cuerpo de niña, acalorado por las correrías del mediodía bajo el sol de Beiruth. Un guardapolvo de algodón fino de suaves líneas grises, preservaba la inmaculidad de los uniformes enmarcados por calcetines blancos y zapatos con suela muy gruesa, que recuerdo siempre me hicieron daño.

Los deseos de empezar la escuela podían con todo, que emoción tan grande! pero no entendí porqué mis padres y abuela no me acompañaban con la misma emoción, parecía como si una tristeza les invadiera, quizás por eso mi padre decidió terminar la primavera compartiendo conmigo su mundo oculto de materiales desconocidos para mi y todo su mundo de imágenes que la luz había sellado secretamente.

Tiempo después comprendí que aquellas experiencias que compartí con padre, sellaron el vínculo que nos uniría en la búsqueda de mis destino, sí, ese fue mi primer encuentro con la brújula que me indicaría los caminos en la arena que construirían el mapa de mi futuro.

No pensé que la arena la mueve el viento y que el destino desdibuja los caminos y redefine las fronteras, según los caprichos de unos dados movidos por la brújula del azar.









sábado, 14 de febrero de 2015

"El objetivo Inconsciente" Capítulo 3. El Descubrimiento.



Cap. 3  . EL DESCUBRIMIENTO

"El objetivo Inconsciente".



©GLORIA GIMÉNEZ, Damasco, 1997.



Albert Sehadín, mi padre, era un hombre moderno, esta es la frase que lo definía de la forma más rápida y precisa, o así al menos se lo hacía saber su madre, mi abuela, cada vez que llegaba con entusiasmo de sus viajes con múltiples y variadas aportaciones que integrar en nuestras vidas. Su energía y pasión ante la vida, doblaba con creces las carencias y limitaciones de las que mi madre me ofrecía en sus épocas grises y y abatidas.

De su baúl extraía, una a una todas las cosas que nos sorprendían, una de ellas era una revista llamada "La ilustración", donde veíamos imágenes de otros países y ciudades que nos embelesaban las miradas. Recuerdo una imagen de mujeres paseando por las calles de Estambul con trajes rígidos ajustados al cuerpo marcando su fina cintura y grandes sombreros con alas y tules que cubrían sus ojos. Me parecieron tan bellas, tan libres, tan serenas Algunas tenían parecido con las viajeras que de otros países compraban en el comercio de abuela. 

Pensé que de mayor quería ser como ellas. Quería pasear libre, como ellas, por las calles de ciudades como aquellas, Estambul, Budapest, Viena, París. Qué ciudades tan bellas.

Recuerdo que ya en edades muy tempranas las apariciones de mi padre por nuestras estancias, iban acompañadas de un destello de luz que siempre nos cegaba, tardábamos un tiempo hasta volver a ver con claridad incluso nuestras caras. Recuerdo como reíamos ante nuestra ceguera momentánea, jugando con los brazos extendidos a encontrarnos. Después mi padre desaparecía entre horas y días en un cuatro trasero de la planta baja, en la parte posterior de nuestro almacén.

Una espesa y pesada puerta de madera, cerrada con llave, guardaba un mundo oculto donde mi padre se encerraba.

Un día y después de su presencia acompañada del estallido cegador, me dijo "Laçur, hoy va a ser el inicio de tus aprendizajes antes de ir a la escuela", me cogió de la mano para llevarme con él a sus estancia misteriosa y oculta. Mi corazón empezó a palpitar fuertemente y lo sentí batear sobre mis sienes mientras una sudación muy fria cubría mi cara. Los pensamientos se agolpaban era la primera vez que podía ir sola con padre, sin abuela, sin Má a un lugar tan secreto y especial. Por fin iba a aprender, quería sentir con todas mis fuerzas esos momentos ni siquiera superados por los atardeceres llenos de brillos de las sedas.

Volteó por dos veces la gruesa llave en la cerradura y la puerta cedió abriéndose lentamente, la luz oscura y umbrosa del exterior golpeó sobre mil cristales depositados sobre estantes, una luz azulada reflectan chispeaba por todas partes, cómo la gran lámpara del salón de abuela cuando el sol estalla sobre las lágrimas talladas de cristal y desprende cientos de luciérnagas sobre las paredes.

¡Es azul! ¡es azul! no pude dejar de repetir esa palabra al sentirme en ese lugar invadida por la emoción de mis cinco años de todas las experiencias que mi vista me aportaba, de las luces proyectadas, de ese color que solo la noche y el mar, bajo la luna iluminada pueden proyectar. Todo de un azul intenso y brillaba, brillaba y daba vueltas por toda la oscura estancia con un olor profundo y peculiar que me ahogaba.

Cuando abrí de nuevo los ojos estaba en los brazos de abuela, con paños de algodón mojados en agua fresca en mi frente y tobillos. La emoción debilitó mis sentidos. Esa fue la primera vez que recuerdo sentí como las emociones podían romper mi frágil equilibrio con la vida. No obstante, no tuve miedo y quise volver, enfrentarme de nuevo y esta vez, con padre, abuela y Má descendimos la escalera y entramos en la estancia.


Entre calmada y segura y con toda la intensidad puesta en la mirada pude, por fin, ver los misterios de la oscuridad azulada que no eran otros que los cristales depositados en estantes con imágenes traslúcidas que no me eran del todo desconocidas. Padre rompió el secreto avanzándose a los juegos adivinatorios y evitando la ansiedad emocional que de todo ello se derivaba "este es el resultado Laçur de los destellos que tantas veces os he arrebatado, a ti, a madre, a abuela, a Má son placas de cristal donde estáis proyectadas en imágenes, todas las que os he tomado" "mira allí tienes la copia  podemos copiar las imágenes tomadas""y a todo este proceso se le llama fotografía, recuerdas la imagen de los bisabuelos en el gran salón de abuela?". Sí, sobre una mesa plana estaban nuestras imágenes solas o agrupadas desde que yo era muy pequeña, allí estábamos todos, incluso mi padre muy recto, detrás de mi madre sentada en una silla, los dos con su aspecto tan elegante, que me recordaban a las personas de La ilustración paseando por las calles de Viena, París o Estambul. aunque ellas estaban dibujadas.

En el suelo de la estancia oscura, la maleta de cuero que padre siempre llevaba a su espaldas en los viajes y en ella, su cámara fotográfica, sus negativos y sus útiles de retrato.

En el cuarto oscuro, Albert, mi padre, escondía el producto mágico de la modernidad, que estampaba día a día las historias de su vida, que por entonces, también era la mía. Allí oculto de las miradas retrógradas y asustadizas de la ignorancia de nuestra sociedad en la que cualquier novedad podía vivirse con extrañeza, miedo y peligrosidad.

Al ver aquellas placas de cristal, pensé que por algún motivo las soledades me quitaron las palabras y desde entonces siempre preferí estar callada, por algún motivo sentí las luces proyectadas en todas las miradas, los brillos y matices de las luces sobre las estancias. Por fin todo cobraba sentido, las luces las sombras, los colores, las emociones, todo por fin se proyectaba mas allá de la mirada.

Qué bellas cosas nos quitan las palabras.






©® Gloria Giménez para fotografías, texto, capítulo y novela completa